La ilusión sigue viva

  • Oct 07 del 2017
Por: Ángel Julio Rodelo

No sé si los detractores de siempre, a lo largo del proceso de José Pékerman comandando la selección absoluta de fútbol, se hayan dignado, alguna vez, en ponderar y reconocer los aciertos que ha tenido el seleccionador del elenco nacional, al momento de elegir una alineación, o cuando acierta en las variantes de jugadores y lectura situacionales de los partidos. No sé si sean tan hidalgos como para llegar a reconocer alguna virtud del timonel argentino. No sé si puedan bajarse del sitial de rancio abolengo para darle un mínimo crédito al señor Pékerman. No sé si llegasen a ser un poquito humildes estos infalibles conceptuadores dogmáticos, que se aferran a su recalcitrante e infundada verdad, para encontrar por lo menos alguna nimiedad que puedan valorar entre “millares de desaciertos” (según ellos) de Pékerman.

 

No sé si únicamente magnifican los errores y obvian los aciertos, para justificar sus tramas en contra del timonel argentino.

 

La verdad, no sé las respuestas de los interrogantes formulados en el párrafo de arriba y, al final de cuentas, ni me interesa saberlo.

 

Lo único que sé, es que, ningún entrenador es absolutamente infalible. Todos se equivocan, por defecto o exceso; todos yerran, de una u otra manera. Por supuesto, los errores y equivocaciones sirven de claro ejemplo para demostrarnos que ellos son seres humanos y no extraterrestres. Que pertenecen a la esfera terrenal y no provienen de otra galaxia.

 

No pretendo ni me interesa ser abogado de oficio de quien dirige los destinos futbolísticos del combinado nacional, ni más faltaba; porque la intachable hoja de vida y el rendimiento a lo largo de su recorrido como seleccionador, tiene voz propia y ese es su mayor reconocimiento en la faz del fútbol. Además, la estela enmarcada hacia el Mundial Brasil 2014 es más que diciente. Y la actuación en el certamen balompédico celebrado en el país de la samba aún es paladeado producto del exquisito desempeño realizado por la tricolor. Hasta James Rodríguez, ante la ausencia de Falcao, fue potenciado como goleador.

 

Pero como este es un país de memoria frágil, lo más probable es que todos estos sublimes trazos históricos se nos olviden, se evaporen de nuestras neuronas. Por eso siempre será propicio traerlos a colación.

 

Por supuesto que, solamente no me voy a quedar exaltando y ponderando al señor José, tampoco voy a exculparlo cuando sus equivocaciones sean evidentes; eso nunca pasará, porque el sol no se puede tapar con las manos; además, por si algún lector le asalta la duda, le puedo afirmar y asegurar que tengo la suficiente responsabilidad, criterio y madurez, para no desperfilar ni amañar mi concepto.

 

Por ejemplo, no estuve de acuerdo con la variante de Cuadrado, porque lo sacó cuando había mejorado su accionar en fase ofensiva, generando desborde y remates peligrosos.

 

Era mejor, en mi concepto, sustraer a Cardona, o James; sí: a James, quien estuvo tan opaco, impreciso en el pase y poco productivo para armar sociedades, por lo cual era un cambio cantado; pero Pékerman lo mantuvo en detrimento del colectivo.

 

Chará debió estar desde el inicio o desde el arranque del complemento, porque el Metropolitano es su hábitat, y su gambeta, cambio de ritmo y velocidad en el desplazamiento, era propicia para generar espacios en la estructura tupida que montó Francisco Arce.

 

Tampoco me pareció que Barrios reemplazará a Aguilar; cuando, a esa altura del partido, lo que se requería era fortalecer los controles de marca en la mitad, armando una retranca para frenar los intentos de ataque guaraní.

 

Desde mi óptica, las lecturas del entrenador, en tiempo y espacio, no fueron adecuadas ni precisas.

 

Entre las anteriores fallas, recae la responsabilidad de José Pékerman.

 

Pero los jugadores también cargan sobre sus hombros la otra parte.

 

Después del gol del Tigre, el circuito organizó, por lo menos, tres opciones más y no las concretó. Manifestándose carencia de eficiencia en la zona de definición.

 

Y, mientras el meta Silva salvó su portería en varias ocasiones, Ospina, quien puede decirse a boca llena que casi nunca se equivoca y siempre aparece como salvador, cuando el sistema es vulnerado, falló dos veces; y los paraguayos “cobraron por ventanilla”.

 

Después de la anotación tampoco se aplicó moderación en la exposición de juego. Hubo folclorismo y nada de sindéresis para darle mantenimiento a la pelota. Los ritmos aplicados no se regularon, se jugó a todo vapor y nadie temporizó.

 

Había que cuidar la mínima diferencia en el marcador y no entrar en el frenesí por buscar otro gol, desajustando los niveles de seguridad defensiva, sumando en territorio impropio hasta a los laterales quienes después no fueron aconductados para retornar a sus posiciones básicas.

 

En ese tramo del partido, el planteamiento fue desbocado hacia la zona del combinado visitante, y nadie corrigió en la cancha y mucho menos desde la zona técnica.

 

Los líderes no hablaron y si lo hicieron, nadie atendió sus voces.

 

En suma; en medio de los desaciertos, del cuerpo técnico y jugadores, el triunfo se esfumó y la clasificación se complicó, pero sigue latente. Y en la misma medida en que el compromiso y la responsabilidad de la plantilla y de los orientadores se manifieste frente a los peruanos, la clasificación se puede lograr.

 

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