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Que haya orejas es lo importante

Recientemente publicó “El País” una información muy significativa, que titulaba poco más o menos así: 87 orejas y cuatro rabos se cortaron en la jornada de ayer. No es que fuera una jornada especial. Esas 87 orejas (y cuatro rabos) correspondían a 16 corridas, lo que daba una media superior a cinco orejas por función.

La fiesta ha cambiado hasta en la concesión de trofeos. Las orejas que se cortan hoy en un solo día, antiguamente a lo mejor no se cortaban en toda la temporada. El triunfalismo forma parte sustancial del espectáculo. Que haya orejas es lo importante. El toro y el torero ya importan menos. La consecuencia puede apreciarse en prácticamente todas las plazas, da igual su categoría y la fama de sus ferias: saltan a la arena unos toros de trapío discutible, pitones sospechosos, fuerza nula, docilidad manifiesta; los toreros les pegan pases a docenas con los alivios que ya se han hecho habituales en la actual técnica de torear, los matan como pueden, cortan orejas y lo más probable es que salgan por la puerta grande. Quedan en las plazas aficionados disconformes con esta fiesta adulterada. Quedan en las plazas aficionados que han conocido el toro y su lidia el toreo en su expresión más pura, todo lo cual fundamentó su afición. Y pugnan para que estos valores vuelvan a ser los elementos esenciales del espectáculo. Pero será difícil. Porque no les interesa a los taurinos profesionales en ninguno de sus estamentos y su obsesión es echar a los buenos aficionados de las plazas; porque la llamada autoridad competente ha hecho dejación de funciones y prácticamente ya no hay control de autenticidad del espectáculo. Porque la corrupción ha tomado carta de naturaleza en la fiesta y afecta tanto a quienes la protagonizan como a muchos que la difunden y comentan; porque entre estos últimos hay muchos que la difunden y comentan; porque entre estos últimos hay una jarca de mentecatos, tan prepotentes como ignorantes, con una cualificación profesional ínfima y una calidad humana lamentable, que se ha puesto al servicio de los intereses de los taurinos. Y porque, en definitiva, esta situación ha conseguido desmoralizar a buena parte de los aficionados a ley. Sin apenas aficionados verdaderos en las plazas, esta otra fiesta parece que va viento en popa, de su aceptación y brillantez dan prueba esas orejas a espuertas que se cortan cada tarde. Pero es una imagen engañosa. El triunfalismo no puede ocultar que esta otra fiesta interesa poco en realidad. La gente sólo va a los toros en las ferias, como un acto social más del programa de festejos, y tampoco siempre. Las corridas con media entrada empiezan a ser habituales. Y mañana, ya se verá.
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